El clasicismo Francés del "Grand Siecle" no es más que la plenitud del ideal renacentista. Las normas de la clasicidad griega y romana persisten cada vez más firmes en el gusto francés. Si el paso hacia el barroco viene marcado por un proceso de acumulación, en el clasicismo Francés no hay sino un proceso de depuración. Los principios establecidos por la antigüedad no solamente continúan en plena vigencia sino que se les admite en su interpretación más estricta.
El clasicismo comienza con la afirmación de que existen verdades intangibles, autoridades sin réplica, categorías bien definidas. En el dominio político una ley, un rey; en el religioso una fe única, estable y nacional; en lo social, la noción de clase es rígida.
Algo semejante acontece en el dominio Literario: los géneros están tan severamente separados y jerarquizados como las clases sociales.
El clasicismo pretende hacer obra eterna y universal que sobrepase a su tiempo; para esto hay que seguir las reglas fundadas en la razón, que no varía y obliga a todo el mundo. Se hace hincapié, pues, no en las modas pasajeras, ni en los estados de ánimo íntimos, personales e incomunicables, sino en la naturaleza profunda y permanente del hombre.
Hay una belleza eterna cuyos principios deben buscarse en las obras consagradas por la admiración de los siglos. Tales son las de los antiguos, a quienes hay que tomar por modelos, sin que su imitación implique esclavitud, como no se es esclavo por obedecer a un código. De las obras antiguas se extraen reglas a las que todo escritor debe someterse; la más severa es la distinción más absoluta de géneros, cada uno con sus propias recetas y técnicas.


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